martes, 26 de enero de 2016

Escuela de calor / La niebla

Harmattan: Calima engorrosa e irritante que empuja pequeñas partículas de arena del desierto que estaban bien a gusto donde estaban y para nada deseaban montarse un viaje internacional, que según wikipedia puede llegar hasta América si se despierta con el pie cruzao. En la práctica esta niebla hace que no puedas ver el sol en muchos países de la zona occidental africana entre diciembre y febrero. En google encontrarás muchas fotos así como bonicas con un tono rojizo, pero en la realidad no se diferencia mucho de la boina de contaminación madrileña, e impide ver claramente nada que esté a más de 500 metros de distancia.





Me encanta el calor. Me gusta tanto como que me claven un piolet en los testículos , tanto como que me obliguen a ver un partido de fútbol entero, me gusta como las alcachofas, los lunes o la petarda de Penélope Cruz.

Así que cuando me enteré de que pasaría un año entero más cerca del ecuador de lo que me gustaría, lo que más me agobió de todo fue lo mal que iba a pasar en Nigeria con temperaturas medias de entre 25 y 35 grados. Ni la inseguridad ciudadana, ni la malaria, ni las cucarachas del tamaño de I-phones 12, ni el Boko Haram. El calor. El calor estaba en mi TOP 3, como España en Eurovisión en 1965.

Cuando uno piensa en África se imagina selvas frondosas, cielos azules y un sol en lo alto que es una gigante roja a la que deslumbra mirar, y eso es porque desde España nos imaginamos África como quien se imagina Marte, Narnia o el cerebro de Donald Trump; aterrador, desconocido y con unicornios saltando. Por eso al llegar aquí, me sorprendió lo poco que me molestaba la temperatura.


A ver, tampoco es que esto fuera Palencia el 4 de enero, pero digamos que la humedad y la temperatura se asemejan a un día cubierto del agosto valenciano. Si bien es verdad que el primer día los tres empezamos a sudar según pusimos un pie fuera del aeropuerto, poco a poco te vas acostumbrando, y un día sales a la calle a 29 grados, con un 78% de humedad y te sorprendes diciendo en voz alta:

- ¡Pues qué buen día hace hoy!

Esto durante la época seca, bueno, seca, seca... es un decir. Seco es un campo patatas en Murcia a las cuatro de la tarde, aquí el aire está impregnado de humedad, las plantas están siempre verdes y frondosas y en Lagos el agua es la protagonista. La inmensa laguna, las alcantarillas descubiertas a ambos lados de la calle, los canales que rodean las islas al sur y, más allá, el inmenso océano atlántico, todo contribuye a que te sientas rodeado del liquido elemento y que te inunde una falsa sensación de frescor, de esa que asociamos en España a cualquier extensión de agua, ya sea un riachuelo saltarín o un charco embarrado, pero que aquí simplemente no existe. La época de lluvias sería otro cantar, pero eso ya llegaría más adelante.

Para lo que nadie te ha preparado es para perder el sol de vista durante varios meses al año. Y lo digo literalmente, aún recuerdo mi año en Holanda, en el que podía llover sin solución de continuidad durante meses, o los meses en Bélgica, en la que "sol" era el nombre de una cerveza mexicana y poco más. Pero aún allí, de vez en cuando, podías vislumbrar el sol unos minutos al día, recibir un par de rayos solares que no calentaban una mierda, pero que daban a tu vida cierta leve alegría.

Durante mi primer mes en Lagos apenas vi el sol una vez, uno asumía que estaba allí, en algún lado, pero como asumes que Charlize Theron o Brad Pitt están en algún lado y que hay una micronésima posibilidad de conocerlos. El día se convierte en un crepúsculo gris continuo y los edificios y la ciudad se pierden en una niebla difusa y parduzca.


Esto puede parecer deprimente, y hasta  cierto punto lo es, pero la verdad es que el expatriado medio apenas debe pasar en la calle más de veinte o treinta minutos al día, aquí, mientras los locales viven, comen y trabajan mayormente en las calles y callejones, los extranjeros se esconden en los interiores y viven a base del rey de la tecnología humana en este país, el aire acondicionado.

Por eso cuando repartimos el primer día las tres habitaciones del piso, no sabíamos lo importante (Vital) que sería haber encendido los tres aires acondicionados primero. Cuando Simón (Lucky bastard) se llevó la grande maldije mi mala suerte, más aún cuando descubrí que la carretera que pasaba bajo mi ventana tenía un nivel de decibelios similar al de un concierto de Metallica, lo que no sabía es que mi maravillosos aire acondicionado me salvaría la vida, o al menos el sueño. Durante las primeras semanas solo tenía que encender ese maravillosos aparatito una media hora antes de irme a dormir, y disfrutar de Finlandia en el Trópico.

Por eso no me molestaba el tener que ducharme para refrescarme los primeros días, ni la niebla continua (Al fin y al cabo soy de Torrelodones, pueblo sobre el que hay un equipo de científicos que estudia el extraño e inexplicable comportamiento de la niebla en los meses de otoño e invierno) (Y no, esto no es una exageración, aquí tenéis la prueba). Lo que más me molestaría en aquellos meses serían nuestra casa y coche, fuente continua de quebraderos de cabeza, pero para abarcar la totalidad de desgracias y situaciones imposibles que ambos nos harían pasar haría falta al menos otro post.

Parece que ya tengo tema para la próxima semana.


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