Según pasaban los meses de la recuperación de mi neumonía en España, me daban más y más envidia las historias de mis compañeros en el extranjero, especialmente las que provenían de mis amigos de Nigeria. La cosa llegó a tal punto que un día me descubrí odiando a Simón mientras me contaba una anécdota en la que había tenido que ir hasta el puerto de Lagos para comprobar un cargamento de chufas (tiger nuts en inglés, lo que Simón tradujo por cojones de tigre), cuando llegó resultaba que el barco no estaba o no se podía acceder a él, se había ido a por tabaco o de cañas por ahí, y tuvo que comerse cuatro horas de tráfico para volver a la oficina con las manos vacías.
Claramente estaba empezando a desesperarme en mi retiro forzado, porque hasta esa perspectiva me resultaba atrayente, y aunque por lo menos estaba disfrutando del fresquito agradable del veroño madrileño, me daba rabia que el año de mi aventura en África, se estuviese convirtiendo en mi año de la aventura en la consulta del médico. mis compañeros de piso y beca, Simón y Álvaro trataban de superar como podían la terrible angustia de estar sin mi, Álvaro abandonándose a su pasión por el futbol y creando una liguilla de futbol entre expatriados y Simón convirtiéndose en campeón en la competición nacional de Hobiecat (true story). Hasta nuestra mujer de la limpieza
Me venían a la cabeza todas las anécdotas de mis meses pasados allí, y entre ellas la de la primera ocasión en la que fuimos a The Shrine.
| The New Shrine |
The New Afrikan Shrine es, a falta de una mejor manera de definirla, una de las salas de conciertos más famosas de Lagos. Se trata de una especie de hangar inmenso en Ikeja, un barrio entre medio y bastante chungo dentro de Lagos. Alrededor del hangar hay diversos bares y puestos de comida, que a su vez están rodeados de unos muros muy altos, creando una sensación muy extraña, como si al mismo tiempo estuvieras en un interior y un exterior. Neones y luces de colores decoran el techo, los pilares del hangar y los puestos de comida y bebida. Para escuchar la música que tiene lugar en el escenario al fondo, la gente se sienta en unas sillas de plástico tipo terraza de bar y come (y sobre todo bebe) en mesas del mismo material. Sin embargo, está permitido levantarse y ponerse a bailar o a hablar a gritos con alguien a cuatro mesas de distancia en cualquier momento. El espectáculo sigue y lo complicado es entenderse con el volumen de la música. En The New Shrine hay que ver el espectáculo a través de una neblina, ya que fumar no solo está permitido, sino que se pueden comprar porros ya liados a varios vendedores ambulantes, desconozco la legislación al respecto en el resto de Nigeria, pero dentro de esos muros el olor a marihuana te acompaña desde la entrada (no es de extrañar que la The Shrine original fuera destruida en un incendio y se tuviera que construir esta nueva en Ikeja).
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| Yo soy la rubia de enmedio, y Simón el la izquierda del todo |
El espectáculo empezó unos cuarenta minutos después de que llegáramos, tarde, nigerian time. Y durante las siguientes dos o tres horas (perdí un poco el sentido del tiempo), el hijo de Fela Kuti, Femi Kuti, estuvo cantando y tocando instrumentos sin parar. El espectáculo es sencillamente increíble; Femi Kuti tendrá unos cincuenta años y es un tipo no muy alto y bastante pequeñín que pasaría desapercibido en cualquier calle de Lagos, pero cuando se pone a cantar y a tocar tiene una energía inacabable. Baila, gira, se mueve de un lado al otro y no para encadenando un tema tras otro (lo que tiene mucho mérito, ya que en general los temas de afrobeat pueden durar entre diez minutos y media hora, que ríete tú del rock progresivo de Pink Floyd). Le acompaña un grupo de diversos músicos incansables y un grupo de bailarinas vestidas con algo a medio camino entre un atuendo tribal y lo que te imaginas que se pone Lady Gaga para ir a comprar el pan.
A todo eso hay que añadirle dos gogós en una especie de jaulas verticales y otros dos bailarines incansables, chico y chica, en el nivel superior del escenario (como una especie de balcón). La decoración es muy parca, casi como de almacen industrial, pero las luces de los focos de colores, las pinturas faciales y los atuendos de las bailarinas y las camisas extrambóticas y chillonas de los músicos que tan comunes osn entre los nigerianos, le daban a todo un ambiente muy especial.
Yo era todo ojos y oídos, mientras que Simón mantenía algún tipo de conversación con sus amigos (mi audición queda completamente eliminada en los lugares con música alta y soy incapaz de hablar con nadie en un bar o una discoteca), mucha gente se acercaba a saludar a nuestros dos anfitriones y estos nos invitaban continuamente a infinitas cervezas. En un momento dado una mujer se sentó a mi lado, tenía como unos cuarenta y tantos años muy mal llevados e iba maquillada hasta la coronilla, con miles de pulseras y collares y un peinado de pelo natural (algo muy poco habitual entre las nigerianas) al que le calculé una altura de treinta centímetros por lo menos. Llevaba un vestido dos tallas pequeño imposiblemente atrevido y ajustado y me hizo gracia porque se fue emborrachando paulatinamente con el contenido de lo que resultó ser un Don Simón de bric. La mujer saludaba a todo el mundo y se manejaba como si fuera alguien importante o conocido, muchos se acercaban a hablar con ella (estábamos en primerísima fila) y me pregunté quién sería, especialmente después de que me echara medio litro de Don Simón encima, para pasarle la factura de la tintorería.
Hacia el final del espectáculo la gente se fue animando y salieron a bailar al espacio entre el escenario y las primeras filas. Simón fue de los primeros en saltar del asiento, pero al final hasta yo me animé a mover un poco el esqueleto. Lo bueno de The Shrine, y de cualquier lugar en el que se toque afrobeat, es que se baila danza libre, un poco como si te dieran espasmos en las articulaciones mientras sufres un ataque epiléptico, o al menos eso es lo que parece cuando lo bailo yo. Había hasta dos hombres sin piernas, que utilizaban unos patinetes para moverse (ver esto en Lagos es tristemente normal) que tenían bastante más ritmo que yo.
Pero al acabar el concierto nos esperaba una última sorpresa; cuando ya nos levantábamos para irnos, el de la embajada de Holanda nos preguntó si queríamos entrar al camerino a saludar a Femi. Simón y yo, flipando en colores del espectro luminoso que aún no han sido descubierto, les seguimos hasta la parte trasera del escenario. Unos meses antes a mi me hubiera dado igual, pero gracias a Simón sabía que Femi Kuti era una figura reconocida en el mundo de la música, y su padre prácticamente una leyenda. En el camerino, lleno a reventar de otros grupies que también habían ido a felicitar a Femi después del concierto, había varios recuerdos de giras y conciertos anteriores, varios sofás de estampado horrendo y cojines de colores, y un gato algo andrajoso. Cuando la estrella entró, todo el mundo se volcó en él, y el hombre estuvo siendo simpático durante una hora con todos, mientras Simón se moría de ganas de acercarse y saludarle, y yo solo quería fusionarme con el papel pintado de las paredes y trataba de ser invisible y de comunicarme con el gato.
Finalmente, se acercó a nosotros y, a pesar de que no éramos nadie, se presentó, nos dio la mano y estuvo preguntándonos por lo que nos parecía Nigeria, por España, y por sus recuerdos de giras por nuestro país. La mujer borracha de la primera fila también estaba allí, y resultó ser la hermana de Femi, con el que tuvo una conversación a gritos en el camerino delante de todo el mundo (con los nigerianos nunca estoy seguro de si están discutiendo o de risas cuando hablan entre ellos y además suelen utilizar inglés pidgin o sus lenguas nativas) (quizá por eso la música la pongan tan alta, para oirlas por encima de sus voces).
Y en estos recuerdos andaba yo, mientras esperaba la decisión final de los médicos sobre mi vuelta (o no) a Nigeria. Lo que yo no sabía es que la primera semana de octubre se resolvería finalmente mi destino...




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