jueves, 25 de octubre de 2018

Americanah/No digas que fue un sueño

Americanah: término coloquial que se utiliza para designar a aquellos nigerianos que vuelven a su país después de vivir un tiempo en USA. Normalmente, estas personas se vuelven terriblemente afectadas y algo snobs, y no paran de rajar continuamente de las comodidades del primer mundo. En la mayoría de los casos han perdido el acento nigeriano y se han forzado a aprender el poco elegante y bastante zafio acento "yankee". A estas personas se las ve en su país de origen con una mezcla de envidia y desprecio, por un lado se envidia su buena suerte y su probable o supuesta bonanza económica, pero por otro se les reprocha que hayan perdido parte de sus raíces.


...dos años después...



El martes pasado subí a cenar a casa de mis padres, que últimamente me echan más de menos de lo habitual (me dicen que les tengo un poco abandonados y me hacen un poquitín de chantaje emocional para que me pase por allí de vez en cuando). Ya en el autobús iba yo un poco nostálgico, porque volver a la casa en la que has pasado tu adolescencia siempre te hace sentir un poco melancólico respecto a un tiempo pasado que, en tu cabeza, siempre fue mejor. Después de saludar a mi señora madre, hacer el habitual intercambio de táper (el vacío por el lleno) y subir a mi antigua habitación, (donde siempre me parece que huele a naftalina, aunque seguro que huele exactamente igual que cuando vivía allí) pasé un momento por el baño para lavarme los dientes (había malcomido en el metro después de salir más tarde de lo esperado de trabajar) (ya sabéis,  first world young adult problems).

Al ir a echarme pasta dentífrica descubrí que, ay de mi, el tubo estaba casi agotado. Después de mucho apretar y estrujar conseguí un poco de sustancia, pero cuando empecé a cepillarme los dientes me llamó la atención la poca espuma que creaba la pasta y que tenía como extraños tropezones. Extrañado, miré con más atención el tubo y entonces lo entendí todo. Era un tubo de Naija Herbal, made in Nigeria, bueno Made in vetúasaberdonde, indagar en el origen de los productos nunca ha sido buena idea, ni si quiera en el primer mundo.


El caso es que el hecho de que se hubiese terminado y tuviese que tirarlo me puso profundamente triste. ¿Porque soy terriblemente tacaño y no puedo soportar que los productos de aseo me duren menos de cinco años? No. Porque me di cuenta de que aquel era el último recuerdo que me quedaba de Nigeria.

A pesar de que odio profundamente los souvenirs y que nunca traigo nada de recuerdo de los viajes (sí, insisto, soy de la cofradía del puño agarrao) sí que me había traído otro par de recuerdos que listo a continuación: un pantalón floreado y holgado comprado en la playa de Tarkwa, una mochila forrada de tela local y colorida  y... y básicamente eso. Pero todos mis recuerdos habían llegado a su inevitable fecha de caducidad (los productos nigerianos no son conocidos precisamente por su calidad), el pantalón se había rajado por la entrepierna y la mochila tenían tantos agujeros que la guardaba más por nostalgia que por su capacidad para contener objetos (sí, ya hemos dejado establecido que soy un roñoso).

Mis dos antiguos compañeros de casa, sin embargo, probablemente tengan ahora mismo sus paredes y estanterías llenas de cuadros de mujeres con cestos en la cabeza, estatuas de madera de motoristas llevando a familias enteras, mascaras tribales y machetes afilados. Y eso a pesar de que Álvaro y Simón perdieron la mitad de sus recuerdos en la última mudanza que hicimos, ya que para cuando se levantaron aquel día yo ya había empaquetado toda mi habitación, el salón y parte de la cocina, pero ellos con las prisas tuvieron que delegar en los más de ocho o nueve nigerianos poco cuidadosos que se presentaron allí sin que nadie les hubiera llamado. Obviamente fue un desastre y un tercio de las cosas quedaron destruidas antes de entrar si quiera al camión (y sospecho que otro tercio robadas). Incluso así, como decía, Simón tuvo que facturar tres maletas extra llenas de regalos y recuerdos en el aeropuerto, lo que hizo que tardáramos casi dos horas en pasar la facturación y la revisión de equipaje.

Y mientras tanto, yo no tengo ni una mísera cosa con qué demostrar que pasé un año en África (bueno, vale, en realidad ocho meses).

Y no es que nunca me acuerde de Nigeria, es más, me paso todo el día hablando de Nigeria. Cada vez que alguien hace una referencia a lo jodida que es una cosa, yo soy el tontoquetodolosabe que dice, "ufffff, pues eso no es nada, cuando yo estaba en Nigeria...". Si a alguien se le estropea la cocina, yo le hablo de la vez que estuvimos casi una semana sin luz, si alguien cuenta que ha pasado miedo en un mal barrio, yo le hablo de la vez que tuve que huir de la policía entre el tráfico de Ozimba Embadiwe en un coche cochambroso, si alguien se queja del calor yo saco a colación el 800% de humedad 24/7. En realidad soy un puto pesado, un  obseso, un coñazo. Soy como esa pareja que vuelve de viaje de novios y se empeña en enseñarte sus 300 fotos en su nueva pantalla de 4000 pulgadas. en Thailandia en tres terribles y aburridas sesiones.

Y a pesar de eso ¿Por qué siento que todo pasó hace un millón de años? ¿Por qué a veces incluso dudo de que estuve allí? ¿Por qué lo echo tanto de menos?


Y soy consciente de que no todo fue bueno. No echo de menos tener que comer helado derretido y vuelto a congelar mil veces, no echo de menos empezar a sudar exactamente 7 segundos después de salir de la ducha, no echo de menos tener que ir a casi todos lados en coche, no echo de menos el tráfico atronador que pasaba continuamente bajo mi ventana. Y, sobre todo, no echo nada de menos el hecho de que mi raza y posición fuera una continua fuente de problemas, preocupaciones y dilemas morales. Es curioso como, cuando formas parte de un grupo favorecido, rodeado de una mayoría de personas favorecidas, en este caso por el mero hecho de ser blancas, olvidas cómo es plantearte algo que tu das por sentado.

Puede sonar egoísta, lo sé, pero es que si has leído hasta aquí ya debes saber que soy una persona regular, sobre todo si eres Simón o Álvaro y te enteras ahora de que inconscientemente quería daros una lección de responsabilidad por levantaros tarde aquel día y hacerme recoger media casa, y que por eso no puse especial interés en hacer que los de la mudanza protegieran vuestras pertenencias. Lo sé, soy Satán.

Lo peor de todo es que sé que hubo muchas cosas que hice mal ese año. Me hubiera gustado aprovechar mucho más la experiencia, ser más valiente a veces, menos aguafiestas otras, reducir mis niveles de superioridad moral, viajar más, relacionarme más con los locales, aprovechar más el trabajo en la Oficina Comercial, e incluso haber comprado uno o dos souvenirs de más.

Sé que no tengo mucho derecho a hablar de Nigeria, no conozco más que la capa superficial que puede conocer un extranjero en apenas unos meses, pero no puedo evitar que, en alguna parte de mi corazoncito de acero armado, quede un rescoldo de cariño e incluso de orgullo.

Pero sé que tengo que ir olvidando algunas cosas, que no puedo seguir actuando como un aguerrido aventurero que acaba de regresar de la jungla, toca seguir con mi vida en un país estupendo pero cómodo.

Tengo que olvidarme de la alegría contagiosa de Simón levantándose y destrozandonos los tímpanos poniendo Die Antword a todo meter por las mañanas. De la templanza y la practicidad de Álvaro, que nunca perdía la calma por peliaguda que fuera la situación, de la sensibilidad y locura de Azahara y sus recetas que cada vez llevaban menos grasas y menos sabor, de los domingos de maravillosa molicie y pereza en la playa de Tarkwa, de los petroleros varados en la costa, de los anocheceres mirando a la laguna, de la fruta con sabor de verdad, de la noche en que nos presentaron a Femi Kuti en The Shrine, de las alocadas historias de fraudes y sobornos en la Oficina Comercial, de mi chófer Dari y los partidos de baloncesto con los profesores del colegio americano.

Sí, tengo que olvidarme de todo esto y seguir con mi vida, ha llegado el momento de olvidar y pasar página.

Y también tengo que explicarle a mi novio porqué ahora tenemos un tubo de pasta usado enmarcado en el salón.

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