jueves, 21 de abril de 2016

Pequeña Miss Sunshine

Kizomba: género musical y de baile que comenzó a componerse entre finales de los años 70 y principios de los años 80 en Angola. A mediados de los años 90, la expresión "kizomba" comenzó a ser utilizada en Portugal para designar toda la música africana que se bailaba, en locales de baile africanos en las principales ciudades del país. Sin embargo,  aunque actualmente se utiliza el término kizomba para hacer referencia a este género musical, también se conoce y se practica - sobre todo en fiestas donde los ritmos africanos suelen mezclarse con los caribeños - el semba como género tradicional, menos romántico y más alegre, virtuoso y juguetón. Mientras que el resto de bailes y coreográfías africanos suelen incluir movimientos espasmódicos en los que las piernas y brazos se mueven independientes como si estuvieses sufriendo una electrocución particularmente virulenta, la kizomba se baila amarradita y pegadita, mucho más cercana al baile latino. Y vérsela bailar a Azahara es todo un lujo.




El despertador de Azahara suena a las seis de la mañana, se despereza en su enorme cama, aparta un par de envoltorios de turrón suchard y se lame el chocolate que aún le queda en los dedos de la noche pasada. Estira las piernas, las eleva, las gira y marca con pasos invisibles en el aire una figura de baile. Azahara baila.


Después de ir al baño, hacer unos abdominales mañaneros y unos fondos de regalo, se dirige a la cocina. Desayuna trozos de pastel del día anterior, donuts y unas diecisiete galletas. Cuando se acaba el café ya ha enviado doce mensajes de voz; siete a su churri, tres a su madre, uno a mi y otro al servicio de quejas de Iberia. En ellos canta, se ríe, dice lo que se le ocurre y vuelve a cantar. Yo le contesto diciendo que no son horas y que desafina. Se ríe y me envía otro de siete minutos con una versión bastante terrible del tema principal de Fraggle Rock.



Azahara llega al colegio, y por el camino ya ha luchado tres veces contra la injusticia en Nigeria; una con los guardas del 1004, que le obligan a salir por los tornos y no te dejan pasar por la puerta de los coches. Otra con los guardias del colegio en el que trabaja, que la registran y le piden la identificación a pesar de que les ve cada día desde hace seis meses. Finalmente envía otro mensaje de voz a Iberia, para quejarse de la retirada de los vuelos directos a España, amenazando con un boicot a escala mundial a la compañía.

Los niños están un poco rebeldes esta mañana, se resisten a hablar español, así que Azahara usa el truco del micrófono (En realidad es un cacho cartón con una bola pegada en la parte de arriba), los chavales solo pueden hablar cuando lo tienen en la mano. Les anima a conversar entre ellos y a preguntar, siempre en español, nunca les corrige, prefiere que hablen y que pierdan la vergüenza. Al final de la clase les ha prometido un poco de baile, les enseña sevillanas con el eterno método del "cojo la manzana, la muerdo y la tiro". Los niños, en su mayoría hijos sobreprotegidos de los expatriados y los ricachones de Lagos responden bastante bien, Y Azahara da vueltas con ellos, gira, danza, disfruta y se ríe. Azahara baila.


Al salir de clase lleva ya 73 mensajes de voz en toda la mañana. Me manda uno para saber qué haremos esta tarde, a pesar de que sabe que tenemos la misma capacidad de iniciativa y decisión que un ficus de plástico. Mientras, se mete en el gimnasio para otra sesión de abdominales, sentadillas y squads. Se mete a clase de zumba y de tabata. Salta, se agacha, mueve las caderas, da vueltas y sigue el compás  sin fallar un paso. Azahara baila.


Cuando vuelve a casa se mete medio paquete de anacardos entre pecho y espalda y le da caña al skype. Azahara tiene un novio que se llama Tony, guapo y libanés, al que echa de menos porque no consigue encontrarle un trabajo en Nigeria. Hablan de los mil negocios que van a poner en el futuro (Desde que la conozco Azahara ha querido dedicarse a la venta de relojes de lujo, al comercio internacional de telas, a poner un bar y a la cría de gamusinos colorados... vale, una de estas es mentira). Azahara tiene una madre a la que también echa de menos y se quiere traer a Lagos, al menos una temporada. Azahara tiene un montón de amigas que están histéricas perdidas, y que le cuentan sus problemas de amor, y a pesar de que ella también tiene lo suyo, sonríe, aconseja y da todo el amor que tiene. Cuando cierra el skype a veces se siente un poco sola y su enorme y bonito piso se le hace grande, por eso nos invita a menudo (La verdad es que es mucho mejor que el nuestro, más nuevo y con una temperatura media de unos 16º porque su aire acondicionado podría enfríar en congelador industrial de un supermercado) y nos engorda a base de pasteles y dulces caseros (Sin quejas al respecto, sobre todo yo que normalmente me como cualquier dulce que compren mis compañeros en casa antes de que dejen las bolsas del super sobre la encimera). Pero hoy es miércoles, y tiene clase de salsa, y eso le alegra la tarde. Va hasta la cocina haciendo complicados pasos de merengue.


Me envía el cuarto mensaje de voz de hoy, acosándome sobre si voy a ir hoy a salsa con ella (Cuando le da pereza ir suele cambiar y en cambio me pregunta que si no quiero ir, que no pasa nada). Yo me hago el interesante y me hago el remolón, pero en realidad sabe que acabaré yendo si ella quiere. Porque se lo debo.

En Enero del año pasado Azahara estaba cruzando el control de seguridad del aeropuerto con una enorme mochila de montaña a la espalda, cuando escuchó a tres chavales asustados hablando sobre Lagos. Estos chavales eramos nosotros (Azahara no nos saca ni cuatro años de media, pero nos llama cariñosamente "los niños"), y desde entonces se convirtió en nuestro ángel guardián. Nos ayudó a rellenar los papeles de inmigración, a evitar e ignorar los controles de seguridad, nos sacó a cenar la segunda noche, y de marcha la tercera. Nos llevó a clases de salsa, a clases de baloncesto, a los supermercados más cercanos y nos presentó y compartió con nosotros a todos sus amigos con su generosidad innata. Desde entonces nos convertimos en la pequeña familia del 1004. Una familia rara y disfuncional, pero, ¿No son esas las familias que más molan?




Azahara utiliza una media de tres horas diarias para cocinar, o esa sensación da, parece mentira que viva sola y que no tenga ocho críos a los que alimentar, porque a menudo hace comida para la orquesta sinfónica de Londres y le suele sobrar para el ballet de Moscú. A pesar de eso es de esas personas que pesan lo que se comen (Yo soy más de pesarme después de comer, en una báscula de elefantes), se prepara raciones individuales en miles de tapers y tapercitos sobre los que es muy posesiva (Te puede regalar un cocido, tres jabalíes asados y ventisiete torrijas, pero los tapers hay que devolvérselos religiosamente). Mientras cocina da vueltas, bate al ritmo de una maraca invisible, mueve los pies siguiendo una música inexistente y pela patatas mientras da vueltas con un compañero imaginario de baile.


Llegamos a clase de salsa, yo entro un poco asustado y perezoso, y a ella se le quitan todos los males. Se pone sus zapatos de tacón (Azahara es algo menos alta que yo y por eso tiene la manía de llevar siempre zapato plano), se ajusta su falda y se atusa su increíble melena rizada. Durante la clase destaca entre las demás (Mientras que yo, en la clase de principiantes, hago lo que puedo, contando los pasos y tratando de no pisar a la pobre chica que hayan puesto conmigo). Pero es luego, durante el baile libre, cuando Azahara se transforma (Mientras yo me quedo sentado en algún sillón y trato de fundirme con el fondo para que nadie me saque a bailar).
Azahara se convierte en un ciclón imparable, mueve las piernas en unos pasos que yo considero imposibles, levanta la pierna, la baja, se desliza sobre la pista de baile como si no le costara esfuerzo, sigue al milímetro a su pareja como si estuvieran ejecutando una coreografía predeterminada y no fuera todo mera improvisación, se deja caer, la suben, la bajan, se ríe.


Si le digo lo guapa que está, lo hipnótico que es su baile, lo explosivamente sexy que es en estos momentos sé que no me creerá. A pesar de que todos los chicos del local se van a pelear por pedirle un baile. A pesar de que la mayoría de las chicas se le queden mirando con admiración. Me dirá que le sobran kilos, que su cuerpo es una mierda, que hay parejas allí que bailan mucho mejor que ella. Ojalá no se creyera esas cosas que dice de sí misma, porque la sonrisa de Azahara cuando baila es contagiosa e ilumina toda la habitación. Pero yo sé que, al menos, mientras baile, se  olvidará del mundo y de todos esos defectos que en realidad no tiene. Porque Azahara, cuando baila, es libre.

Baila, Azahara, baila.


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