viernes, 10 de junio de 2016

Una serie de catastróficas desdichas / Hey Jude / Safe and sound

Ano burukú: según el diccionario online de la santería yoruba (Sí, esto existe), esta expresión equivale a exclamar "que se vaya la enfermedad, que se vaya", y es una especie de rezo o exhortación que acompaña algún tipo de ritual de santería yoruba, originaria de aquí de Nigeria, pero extendida por todo el Caribe y por el metro de Madrid en esos cuadraditos de papel en los que el Gran Maestro Santero Unubusu promete curar impotencia, alejar enemigos, eliminar mal de ojo, atraer dinero, etc, etc...


Esta historia comienza a principios de mayo de 2016, después del viaje a Senegal. Yo que soy un tipo muy original, en vez de traerme la figurita de una jirafa o un collar de cuentas made in China, decidí que el mejor recuerdo que podía traerme de allí era un parásito en mi intestino grueso.

Este parásito no era nada grave, y tras cuatro días de antibióticos y dos de antilombrices, estaba estupendamente de mis dolores a la hora de evacuar. Pero mi sistema inmunológico estaba completamente vendido.

El día 15 me desperté con un terrible dolor en el pecho y en el brazo (Como si Terelu se estuviese sentando encima), este dolor siguió molestándome durante toda la jornada y todos opinamos que se trataba de algo muscular o de un gas que se había ido de vacaciones al tórax superior. Este dolor, aunque fuerte, solo se activaba al estirarme o flexionar ese brazo, por lo cual no parecía preocupante, pero tras unos pocos días de que me metieran una aguja en el lado izquierdo del pecho a cada rato, decidí ir a la misma clínica que me habían recomendado la otra ocasión. Todo iba bien, el médico también se inclinaba por algo muscular, hasta que a alguien se le ocurrió hacerme un análisis de sangre (Aguja número 1).

Pequeño inciso, si hay algo que no me gusta nada, son las agujas (Que conste el esfuerzo que me cuesta escribir esto, porque solo de pensarlo, me mareo, y en esta historia hay muchas, muchas, agujas). No es la sangre, porque me mareo con las vacunas, no es el dolor del pinchazo, porque me he llegado a desmayar mientas me contaban las inyecciones que me iban a poner a continuación, no sé que es, pero las posibilidades de desmayarme si hay una aguja cerca, son grandes. Por eso siempre pido que me tumben o al menos que me sienten confortablemente. En este caso todo fue bien hasta que pedí un vaso de agua, me dijeron que tenía que ir a sentarme al hall para tomármelo y me levanté para ir allí. Recuerdo la silla en la que tenía planeado sentarme. Recuerdo pensar "Ey, estás mareado, pero ahí está, es tu silla, te la has ganado, lo vas a conseguir, solo un paso m..."

Sabes que te has desmayado porque te despiertas viendo en plano aberrante a un montón de gente, que segundos antes ni te miraban, ahora se preocupa mucho por ti. De pronto me habían hecho tres pruebas, y en retrospectiva fue una suerte, porque los rayos X mostraron una nubecita juguetona en mi pulmón. Había pillado neumonía en un país en el que la temperatura mínima anual son 22 grados.


En la siguiente media hora me estaban inyectando antibióticos por vía intravenosa (Agujas dos, tres y cuatro) y recetándome dos nuevas dosis diarias, una por la mañana y otra nocturna (Agujas cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez), Las de la mañana no tenían mayor preocupación, pero las nocturnas suponían que tenía que coger mi coche por la noche y conducir hasta la clínica, lo que me supuso tener que huir (Literalmente) de tres controles nocturnos distintos de la policía durante esos días. Tuve suerte y me tocaron los policías nivel fácil, de los que puedes pasar si enseñas con suficiente insistencia tu carnet plastificado de la embajada a través de la ventanilla. A los de nivel medio hay que darles unas nairas (Nunca más de diez euros), los de nivel difícil son esos que esperas no encontrarte nunca.

El día en el que me tocaba mi última dosis, la vía estaba ya tan usada que ví las estrellas cuando la enfermera intentó ponerme el antibiotico. Esto derivó en una búsqueda de una nueva vena decente (Agujas once, doce, trece, catorce y quince) que fue un fracaso, y que sólo consiguió dejarme los brazos como Ramón de Pitis.



Después de esta verdadera pesadilla el doctor desistió y me mandó antibióticos orales para el resto de días. ¡Ah! Y un análisis de sangre y la prueba de la tuberculosis (Un bonito círculo morado en un brazo que me hacía parecer simpatizante de Podemos) aumentando el número de agujas hasta diecisiete.

Sin embargo, durante el fin de semana la fiebre no bajaba, y el martes tuve que volver a la clínica, estaba vez sin pinchazos, pero ya en plena temporada de lluvias, y al volver a casa las goteras del salón habían convertido el piso en la pequeña Venecia del sur. Decidí que no debía entrar en brote, simplemente debía coger una fregona y trabajar sin forzarme mucho, pero antes se me ocurrió lavarme las manos.

Sobre nuestro fregadero había un pequeño aparato de función desconocida (Resultó ser el calentador del agua y estar estropeado) que se unía con una tubería por un tubo con una rosca. La rosca llevaba goteando desde nuestra llegada cual gota malaya, primero como una cosa esporádica, después como el hermoso tic tan de un reloj, y últimamente como una fuente del Palacio de La Granja. Esta vez, al abrir el grifo la rosca saltó completamente como un misil (Rompiendo uno de nuestros pocos vasos de cristal supervivientes) y expulsando un chorro de agua marrón sobre los muebles de contrachapado de la cocina, la encimera de cartón plastificado y mi persona. En tres segundos estaba empapado, en siete minutos, mientras trataba de tapar la fuga sin éxito con la rosca, parecía un miembro del cuerpo de baile de La Sirenita, versión El Musical en tu puta cocina, en doce , mientras buscaba desesperado la llave del agua debajo del fregadero o junto a los contadores, tuve que desnudarme completamente, y mientras veía como mi salón y mi cocina se inundaban lenta, pero inexorablemente, mientras la neumonía se lo pasaba pipa en mis pulmones, me puse a gritar. No sé qué gritaba. No sé a quién gritaba. Yo solo gritaba de rabia, de dolor y de desesperación.


Hay dos canciones que siempre me dan ánimos cuando estoy en mis momentos más desesperados, la primera es Hey Jude, de Los Beatles, por razones obvias, es una canción que va sobre cómo sacar algo bueno cuando estás hundido hasta las rodillas de agua pantanosa. La segunda es Safe and Sound, de Capital Cities. Puede parecer curiosa la elección de este segundo tema, ya que es un claro One Hit Wonder de un grupo que no ha tenido mucho recorrido después (En su disco tienen una canción en la que enumeran aquellas cosas que consideran "good shit" como el pelo de Farrah Fawcett, las puestas de sol, o dormir, para que os hagáis una idea del nivel). Pero es que es "nuestra" canción y tengo debilidad por aquellos grupos que incluyen la frase "I like it when my hair is fluffy" en sus letras.

Así que en ese momento, decidí armarme de paciencia, corrí por una toalla, me sequé como pude, me puse la primera ropa que pillé, y salí corriendo mientras me caía encima la del pulpo, la del mejillón y la del langostino, hasta la oficina de administración para ver si allí alguien sabía dónde estaba la llave de paso. Esta resultó estar en uno de los baños de arriba ¿En serio? ¿Qué se metía el que diseñó esta casa? Desgraciadamente, no fui lo suficientemente rápido para salvar los muebles de la cocina, que se hincharon y nos obligaron a quitar algunas de las puertas.


El resto de la semana no mejoró, el miércoles se nos petó una rueda del coche, el jueves se estropeó mi móvil, y el viernes por la mañana mi ordenador. Además el seguro me llamó y me dijo que qué mierda era esa de gastar dinero en mi salud, que ellos me iban a dar un hospital que era mucho más de confianza, donde me dijeron EXACTAMENTE los mismo que en la primera clínica, eso sí, después de haberme hecho enfrentarme a las agujas dieciocho, diecinueve, veinte y veintiuna, en solo dos semanas.

El viernes me tenía todo el universo ya hasta las mismísimas claras de santa teresa, estaba hasta las narices de tener 39,5º por las noches, de los técnicos entrando y saliendo por nuestra casa, de haber dado negativo para tuberculosis, cáncer, VIH, hepatitis y nocilla de chocolate blanco, hasta las narices de la gente que me recomendaba salir de Nigeria, de la gente que me recomendaba otros hospitales, de remedios caseros y de la maldad infinita del universo. Así que llamé al seguro, y les dije que yo necesitaba una solución pero ya; ellos hicieron números, se dieron cuenta que les salía más barato pagarme un vuelo a Madrid y dejarme en la puerta de un hospital público, que andar pagando 100 euros cada vez que iba a una clínica en Nigeria a que me sacaran sangre. Y así es como acabé volviendo el 12 de junio de 2016 a España, para que vieran en La Paz lo que hacían conmigo.


Te recomiendo coger neumonía en Nigería si te gustan los 39,5º de fiebre, que te caiga encima la del langostino, las claras de santa teresa, y tener los brazos como Ramón de Pitis. Pero igual así vuelves unos días a España, y eso es lo que le da calidad a la película.

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