No tengo nada especial en contra de los hospitales, de hecho me parecen lugares bastante agradables en general, en lo que la gente va a curarse de accidentes, enfermedades o pequeñas molestias. Si te toca pasar cierto tiempo en uno se ocupan de ti, te alimentan, te hacen la cama, te limpian la ropa y a veces, cuando uno no puede hacerlo por sí mismo, hasta te asean.
Lo peor de los hospitales son Las Horas, las horas interminables que pasan entre comida y comida, entre dosis de antibióticos y dosis de antibióticos, entre prueba médica y prueba médica. Al final uno casi tiene ganas de que le metan un tubo por algún sitio, una aguja por alguna vena, o que le corten un trozo de algo, para romper la monotonía de esos días que se hacen unos iguales a los otros.
Durante aquel mes que pasé en el verano de 2016 en La Paz, ingresado por una neumonía de procedencia desconocida, lo peor fue la sensación de estar desaprovechando el tiempo, de que el mundo seguía moviéndose sin mí y yo no podía hacer nada para integrarme. Durante mi estancia allí me perdí las segundas elecciones del 26J, en las que no pude votar por haber pedido el voto por correo en Nigeria, el Brexit, los terribles atentados en el aeropuerto de Turquía en el que había hecho escala apenas dos semanas antes para venir a España, el fracaso de la selección contra Italia (aquí me alegré un poquito, yo soy español y mucho español, pero el fútbol me la repatea, y siempre prefiero que perdamos prontito y que la tele y la gente que conozco vuelva a la normalidad cuanto antes) etcétera...
También me perdí otros acontecimientos más locales, pero no por ello menos importantes; varios cumpleaños de amigos en piscinas (en Torrelodones el final de Junio marca el inicio de la temporada de piscinas), mi hermana mudándose a su primera casa con su novio, la visita del becario de TI (única visita que suelen recibir los becarios de Lagos en todo el año), la muerte de Maricruz-pez (descanse en pez) (putupúnchús) uno de los dos peces que nos habían encargado de cuidar durante el verano en Nigeria y un montón de fiestas y quedadas que me perdí por no estar ni en Nigeria ni en España, sino en un lugar intermedio, atado con una vía a mi cama.
Lo positivo es que después de casi un mes allí, ya conocía a todo el mundo, y los habitantes de la planta 13 de medicina interna de La Paz éramos como una pequeña familia. Al estar tanto tiempo allí los vi desfilar casi en su totalidad hacia la libertad que nos iba otorgando el alta.
La primera en marcharse fue una mujer indio-británica que hablaba perfecto español, pero que llevaba un pañuelo como si fuera un sari, por encima del pijama del hospital lo que la hacía el animal más exótico de aquel pequeño zoo. Era la campeona de los 50 metros lisos que medía nuestro pasillo, la podías ver pasar por delante de tu puerta unas treinta veces a lo largo de todo el día. Al irse se paró una última vez en mi puerta y me deseó suerte. Rosita era una mujer anciana que llevaba una especie de arnés alrededor de la cintura, imagino que por alguna fractura u operación interna importante, era una mujer muy dulce a la que todas las enfermeras trataban con deferencia, pero por las tardes se desorientaba y empezaba a llorar y a preguntar porqué su familia no estaba allí, a pesar de que era, con diferencia, la que más visitas tenía (siendo yo probablemente el número dos). La Sra. Dalloway no se llamaba así, pero tenía la habitación del final del pasillo, y siempre un ramo de flores que sus familiares cambiaban a menudo sobre su armario, así que le puse ese mote.
Mi primer compañero de habitación se llamaba Basilio, estaba sordo como una tapia y dormía unas 20 horas diarias, sin exagerar, pero eso lo convertía en el compañero perfecto, nunca se quejaba de nada, todo le parecía bien y cuando se despertaba era para comer con un apetito envidiable o para preguntar por el fútbol. Ni siquiera teníamos que compartir el baño, porque él llevaba una sonda incorporada y eso eliminaba cualquier posible problema de convivencia. Un día apareció su hermana y se lo llevó a una residencia, en principio temporalmente, me dio un poco de pena porque me causó la impresión de que dejaba una cárcel por otra. Lo sustituyó José, un obrero viudo y analfabeto (nunca aprendió a escribir o a leer) que había trabajado toda su vida en la construcción. A pesar de que todavía tenía dos hijos (uno había muerto recientemente), tres nietos, diez bisnietos y montones de sobrinos, nadie vino a verle en la semana que estuvo conmigo, aunque su yerno le llamaba de vez en cuando. José vivía solo, a pesar de que tenía las piernas hinchadas y respiraba regular por problemas tanto en el corazón como en los pulmones y era un cascarrabias terrible, todo le parecía mal, siempre pensaba que las enfermeras eran unas incompetentes, o que se iban a equivocar al traerle la comida. Además, le tenía un terror increíble a las corrientes de aire (estamos hablando de Madrid a 29º a finales de Junio) y me costaba horrores convencerle para que abriera una ventana.
María era una enfermera encantadora que odiaba el turno de noche, porque tenía dos niños pequeños, y en verano y sin guarderías los dormía a las nueve de la noche, venía a trabajar, y llegaba por la mañana para darles de desayunar, durmiendo solo una pequeña siesta por la tarde. Fermín era un auxiliar de enfermería sudamericano muy bajito y muy gracioso, con el que se metían el resto de empleados diciéndole que se parecía a Jorge Javier Vázquez, y en venganza se encaramaba al carrito de las sábanas y obligaba a las demás auxiliares a arrastrarle por todo el pasillo. Triana era otra auxiliar, que bromeaba a diario con que me iba a poner un pañal y con la que tenía un cachondeo que a veces nos hacían callar los médicos y los enfermeros. Rocío era una enfermera trilingüe, con francés e inglés que soñaba con viajar a África, pero no podía permitirse ir con médicos sin fronteras en verano porque tenía que poner dinero de su bolsillo.
También estaba Adrián, un chico andrógino delgadísimo con pendientes de señora y un peinado a lo años 90, a lo Historias del Kronen o como en la película Barrio. Compartía habitación con una señor con un bigotazo sorprendente, al que su mujer acompañaba las 24 horas del día. Al otro lado del pasillo había una mujer mayor que tenía neumonía como yo, y era de las pocas que llevaba allí más tiempo, tenía una hija que llegaba la primera de los familiares, y se iba la última o directamente dormía en la habitación con ella. También tenía un hijo que no hacía más que gritarle y le echaba la bronca si no comía. Había una mujer asiática que siempre me adelantaba por la derecha para entrar en la ducha, compartía habitación con otra mujer muy mayor que paseaba siempre con una toalla sujeta fuertemente sobre el pecho, imagino que porque sentía que el pijama se trasparentaba. También estaba Paco, el menos favorito de todos, porque de vez en cuando se enfadaba y se ponía a gritar cosas aleatoriamente como "señorita", "enfermera", "socorro", "ayuda", "Carlos", "Nemesio"... siempre se enfadaba cuando le iban a cambiar el pañal y montaba unos pollos tremendos que nos despertaban a todos los que habíamos conseguido estar dormidos a las once de la noche.
Y así pasaba el tiempo, todos esperábamos anhelante la visita de los médicos por la mañana, aunque normalmente no venían con buenas noticias y apenas nos dedicaban unos minutos antes de volver a sus cosas importantes. Mirábamos con la curiosidad de ancianos de pueblo cada vez que los celadores se llevaban a alguien en cama o en silla de ruedas y nos pasábamos rumores y cotilleos de nuestro pequeño mundo; "el hijo de esa señora se creerá que llevar los pantalones pesqueros le hacen más joven", "hoy le subió la fiebre a la de la 4.2 y el médico estuvo hablando muy serio en murmullos con los familiares", "hoy el de la 11 se puso a gritar que le sacaran de allí y le han transferido a otra planta", "creo que el tipo ese que parece guiri que viene a visitar al chico rubio de la 7.1 no es solo su amigo"... etc.
Aunque ha pasado mucho tiempo de vez en cuando pienso en qué sería de todos ellos. ¿Consiguió Rocío finalmente una beca para trabajar como enfermera en África? ¿Volvió a vivir solo Basilio, o sigue en la residencia? ¿La señora de la neumonía tardaría mucho más en salir después de mi alta? ¿La familia de José Jacinto le visitará ahora más a menudo o solo cuando les hace falta dinero, como él decía?
¿Puede por fin la Sra. Dalloway comprar las flores ella misma?



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