El 21 de octubre de 2016 volví a Nigeria vía París dos meses antes de tener que volver a realizar ese viaje en la dirección contraria. Fue un viaje muy diferente del que me había sacado de allí; para empezar iba en turista en vez de en primera clase (mal), mi temperatura corporal era de 36,5º y no de 39,2º (bien) y viajaba, no para pasar mes y pico en un hospital, sino para tratar de disfrutar de los dos meses que me quedaban en África.
Una de las cosas más interesantes de vivir en Nigeria, es que es un país en el que casi todo es nuevo, todo está por hacer. Cualquier pequeño cambio parece algo muy grande y en cinco meses muchas cosas pueden parecer extrañas. Yo, por de pronto, no noté ninguna diferencia al llegar a casa, Simón y Álvaro estaban donde los había dejado (tumbados en los sofás del salón) y por un momento sentí que todo iba a ser igual y que nada había cambiado, pero tras diez minutos de conversación me di cuenta de que aparecían personas a las que yo no conocía de nada y situaciones que no había vivido y ese sentimiento se prolongó durante los siguientes días.
Mi ropa seguía en el armario (con algo de más de moho de lo saludable), mis cosas en los cajones (había salido de allí algo precipitadamente cinco meses antes) y la cucaracha del baño agitó las antenas a modo de saludo, como acostumbraba. Sin embargo muchos edificio que antes estaban en obras (y parecían llevar años así) ya tenían las fachadas casi acabadas, había un bar nuevo en nuestra calle al que ahora íbamos a pasar muchas de las tardes y ahora en vez de pedir comida al chino o al shawarma lo pedíamos a sitios de más calidad (aunque nos quedábamos sin la experiencia de la diarrea del día después). Todo costaba ahora casi el doble por la caída brutal de la moneda y ni siquiera el tiempo había seguido su esquema natural, ya que gracias al cambio climático en vez de llegar en la época seca,llegué todavía en temporada de lluvias.
El pobre Secun, un nigeriano casi enano que aparecía corriendo por la arena cuando llegábamos a la playa para vendernos bebida, comida, hamacas y cogernos los bultos, había cogido una infección en la pierna unas semanas atrás y al no recibir asistencia sanitaria había fallecido (en Nigeria entre la gente de pocos posibles si enfermas es habitual que te lleven a tu aldea a visitar a un mago en vez de a un hospital). Vicky, la chica que que limpiaba en nuestra casa había sido despedida por traerse amigas a tomar el café mientras no estábamos en casa e irse de compras en vez de barrernos el salón en sus horas de trabajo. Ya no reconocía ni a los guardias de seguridad de la embajada, ya que despareció una cantidad de dinero perteneciente a un trabajador nigeriano de la oficina comercial que se trajo a un brujo para que hiciera un hechizo con hojas de mango para descubrir quién había sido el culpable. Los dos guardias que salieron como culpables fueron encarcelados directamente y solo salieron tras la intervención del consejero de la oficina.
Por todo esto que cuento puede parecer que los nigerianos nunca lograrán su anhelo de convertirse en un país serio, cuando oyes hablar de la corrupción, el terrorismo y la naturaleza pachorrona de los nigerianos parece complicado imaginar que algún día podrán convertirse en una nación civilizada. Pero yo estoy convencido de que sí, de que algún día recogerán el testigo y heredarán el puesto de jefes del mundo que ahora mismo ostentan los países de arriba, y confío que lo hagan un poco mejor que nosotros. Porque en el otro lado de la balanza está su sentido de la resilencia ya que un nigeriano nunca se dará por vencido para sobrevivir un día más, aunque solo tenga para la siguiente comida. Si el generador se estropea le haces una ñapa con un chicle y sigues tirando hasta que aguante. Si puedes arrascar 100 nairas de la cuenta del supermercado de tu boss te las ingenias como sea para convertirlas en un plato de comida caliente. Si los precios se doblan compras la mitad.
Así que ahora que yo tenía que volver a adaptarme a Nigeria, solo que esta vez solo, y no en compañía de mis dos colegas de aventura, decidí inspirarme en el espíritu de supervivencia nigeriano. Si era el único "fresh fish" tocaba volver a nadar contracorriente.
20 años después, en 2036, nos reunimos la 1004 en la Sureña del piso 200 del rascacielos Presidente Victor Ekechukwu, en Lagos. Desde allí podíamos observar el nuevo tubo transportador que permitía viajar del aeropuerto hasta Victoria Island en 14 segundos, el parque de atracciones Maltina Fun o el nuevo starbucks de siete pisos que se levantaba en lo que antes había sido el barrio de chabolas de Makoko. Habíamos decidido quedar para celebrar el nacimiento del primer nieto de Simón; Fela Nevado. Álvaro, ahora dueño del Sporting de Gijón, que se batía por el primer puesto de la liga Intermundial de la UEFA champions del rey, aprovechó para venir por un evento de promoción que tenía. Azahara nos trajo a todos muestras de ocmida de su cadena de restaurantes en la que todos los alimentos tenían menos de -20 calorías y estaban elaborados únicamente con restos desechados de cartón. Yo me pude apuntar después de que el Día en el que trabajara de cajero me diera un plus de peligrosidad por desplazarme a la barriada marginal de La Moraleja. Todos sentimos la ausencia de nuestro amigo Karam Karam, que falleció en un extraño incidente en el que estaban involucradas 14 bailarinas exóticas, un elefante y un columpio sexual.
Allí nos tomamos nuestras gulders y hablamos del pasado, recordando mil y una anécdotas de aquel año que pasamos juntos en el país, mientras veíamos el sol ponerse por encima de los rascacielos, y yo me alegré de volver una vez a Lagos, esa ciudad que nunca deja de sorprenderte.


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