EL DÍA QUE GRANIZÓ EN NIGERIA
Niloufar nació un frío día de enero. Mientras su madre daba a luz en la pequeña casa de adobe y uralita rodeada de las demás mujeres, los hombres se apretaban contra el escaso alero para huir del frío, cuando empezaron a oír un golpeteo rítmico. Bolas de granizo comenzaron a caer con dureza sobre las casas del pequeño pueblo cercano a Jos, conformando la primera granizada en más de veinte años sobre Plateu state, un estado en el centro de Nigeria donde las temperaturas alcanzan las temperaturas mínimas del país. Aunque la granizada se llevó por delante algunas cosechas, fue interpretada como un buen augurio, ya que el nuevo bebé de la aldea, Niloufar, había nacido con un montón de rizos negros y un mechón blanco sobre la frente. Sus preocupados padres, aunque musulmanes, la llevaron a ver al santero del pueblo, por miedo a que su hija fuese a resultar albina, condición mal vista entre los nigerianos. El hombre les tranquilizó, y tras esparcir unas cuantas hojas de mango y aceptar un "generoso donativo" les aseguró que la pequeña había nacido acompañada por un espíritu protector.
ÉPOCA DE LLUVIAS
Saturday no llegó a conocer a sus padres, nunca supo quién era su padre y su madre desapareció cuando el pequeño tenía apenas dos años. Saturday siempre recordaría su infancia como un periodo miserable pero feliz, saltando libre y desnudo entre las barcazas que conformaban el barrio de Makoko, en los suburbios de Lagos, corriendo detrás de algún perro rijoso o de otros niños como él. Saturday vivía con la familia Ypoule, había empezado a trabajar para ellos a los cuatro años. Iba cada mañana con los hijos más pequeños de la familia hasta el vertedero de Olusoson, en las afueras de la ciudad, y dedicaba la mayor parte de la mañana a buscar cosas útiles entre los residuos, haciendo una parada a mediodía para comer lo que hubiesen encontrado y volver al atardecer a casa, donde la madre les preparaba la única comida del día. Por las noches, mientras la familia se apretujaba en los dos pequeños cuartos de la destartalada cabaña (uno para los padres y otro para los niños), Saturday dormía en la balsa de la familia, protegiéndose de la lluvia acurrucado bajo los asientos de madera. Cuando se hizo un poco más mayor, a la misma edad a la que la madre de Niloufar empezó a ponerle el pañuelo en la cabeza a su hija, cubriéndole su mechón blanco y a no permitirle salir en manga corta a la calle, Saturday empezó a salir con el padre y los dos hijos mayores de los Ypoule a pescar a la inmensa y contaminada laguna de la ciudad. Saturday siempre recordaría la alegría que sintió al pescar su primer pez.
TEMPORADA SECA
Jake nació a miles de kilómetros de Nigeria, en la fría Canadá, en un hospital privado, con un médico y dos enfermeras, y no detrás de un montón de neumáticos viejos como Saturday, pero era nigeriano como el que más, ya que sus padres (diplomático francés él y profesora canadiense ella) le concibieron en Nigeria. Ambos se conocieron en un cóctel de la embajada francesa en Abuja y continuaron una relación más centrada en tratar de sobrellevar la soledad del expatriado que en el amor. Cuando ella se quedó embarazada se casaron y viajaron a Vancouver para que la madre diera a luz y él conociera a los padres de ella. La familia se mudó cuando Jake tenía dos años, y durante toda su infancia y adolescencia Jake apenás salió del compound de lujo en el que vivían. Cuando iba a jugar con sus amigos las citas tenían que concertarse con un día de antelación y era el chófer el que le llevaba a de un sitio a otro, de manera que Jake apenas pisaba la calle. A pesar de que prácticamente no conocer el país en el que vivía, a los 12 años hizo su primer viaje a París con el colegio, a los dieciséis hizo un tour por Thailandia con sus amigos y todos los veranos los pasaba con su familia en Vancouver. La niñera de Jake se llamaba Eta, provenía del norte, y una de sus primas había sido una de las niñas de Chibok, raptadas por Boko Haram. A Eta la despidieron cuando Jake tenía nueve años, cuando su madre la pilló mintiendo y diciendo que el padre de Jake había llegado solo a las dos de la madrugada a casa, cuando ella sabía que había llegado mucho más tarde, y acompañado. Jake lloró hasta quedarse dormido aquella noche, y desde entonces se estableció una distancia fría ente él y su madre, esta reaccionó desentendiéndose más y más de él según avanzaba su adolescencia. Su padre vivía por y para ganar dinero y su presencia en casa era puramente anecdótica. Cuando Jake hizo su examen universitario a los dieciocho, en una habitación agobiante, sudando por los nervios y las expectativas, sintió que era la cosa más difícil que había hecho en su vida. A esa misma edad, Niloufar también sentía estar en el momento más duro de su vida, en otra habitación sucia y agobiante, durante el complicado parto de su segunda hija.
VIENTO DEL OESTE
Ebe también nació en Lagos, como Saturday, pero en el otro lado de la ciudad, en una barriada recién construida en la zona residencial de Lekki. Su padre, un funcionario intermedio del ministerio de transporte, al que Ebe y su hermano admiraban y adoraban, les llevaba todos los días al colegio antes de ir a su trabajo al otro lado de la ciudad, enfrentándose a las horas y horas de atasco. De adolescentes Ebe y sus amigas soñaban que serían importantes ejecutivas, estrellas de cine o modelos internacionales. Pero lo cierto es que cuando acabaron la universidad, la mayoría de las conocidas de Ebe solo aspiraban a un hombre rico, que les regalara cosas y que no fuera demasiado feo. Ella, sin embargo, tenía otros sueños distintos, después de completar sus estudios universitarios a matacaballo por las continuas huelgas del profesorado y los estudiantes, se esforzó en conseguir ser aceptada con beca en un máster en Estados Unidos. Su familia al completo hizo un esfuerzo sobrehumano para pagarle la matrícula, facilitarle un visado y una cantidad de dinero para poder completar sus estudios en Columbia. Lo más lejos que había viajado Ebe a los 25 había sido en un viaje familiar hasta Kenya, para entonces Jake ya conocía más de treinta países, Niloufar solo había ido una vez a Benín, a conocer a los padres de la primera mujer de su marido y Saturday jamás había puesto un pie a más de treinta kilómetros de Lagos. Los primeros meses en América fueron duros para Ebe, que tuvo que trabajar en un Wendy's para pagarse el piso compartido, soportar los comentarios bienintencionados pero racistas de la madre de su primer novio estadounidense y sentirse rechazada cuando después de terminar el doctorado, a sus 30 años, el gobierno le retiró el visado de estudiante y la devolvió a su país. Ebe sufrió mucho a su vuelta, no soportaba a su envidiosa nuera que solo hablaba de sus niños, a su hermano, que se esforzaba (con muy poco éxito) por ocultar a su amante del resto de la familia y a su madre, que le insistía en que buscara a un marido (y que hubiera alucinado si se hubiese enterado del pequeño romance que mantuvo Ebe en la universidad con una estudiante de ascendencia asiática llamada Jane). Incluso su padre, al que había idolatrado de pequeña, ahora le parecía un chupatintas corrupto y gris más, de los muchos que pululaban por la ciudad. Por las noches Ebe salía al balcón, para tratar de escapar del calor húmedo de Lagos, al que ya no estaba acostumbrada, miraba las pocas estrellas visibles entre la contaminación y se preguntaba si esto era todo lo que tenía la vida para ella.
CAMBIO CLIMÁTICO
Los años pasaron para todos, a los quince, Saturday dejó de vivir con la familia Ypoule y empezó a vender baratijas en la autopista del tercer puente de Mainland, buscando un accidente, un embotellamiento o un atasco para vender su mercancía. Una vez, en una tarde especialmente calurosa el padre de Ebe le compró un sonajero para sus hijos. Posteriormente tuvo muchos otros trabajos, driver, guardia de seguridad y en una ocasión hasta le pagaron 3.000 nairas por salir de extra en una de las primeras películas de Nollywood.
Jake se casó con una compañera de universidad, una portorriqueña preciosa que la madre de Jake no podría soportar (algo que este disfrutaba mucho aunque no lo admitiera). Sus padres se habían divorciado hacía ya tiempo cuando Jake tuvo a su primer hijo. El padre viajó desde Nigeria para conocer a su nieto, y la madre se cuidó bien de no coincidir con él durante su visita. Jake se convirtió en un padre un poco sobreprotector para compensar su descuidada infancia, pero nunca se perdió uno de los partidos de baseball de sus tres hijos. Cuando cumplió cincuenta, la firma financiera para la que trabajaba lo trasladó a Upper Manhattan, el edificio de su empresa ocupaba el antiguo solar donde estuviera una vez el Wendy's en el que trabajara Ebe. Jake nunca volvió a Nigeria, pero había noches en las que, acostado junto a su esposa, cuando no podía dormir se preguntaba lo que habría sido de su niñera Eta.
Niloufar se mudó a Lagos a sus veintinueve años, al poco de tener a su tercer y último hijo (el médico le dijo que después de dos partos complicados y otros tantos abortos no debía volver a intentarlo). Su marido dejó de prestarle tanta atención ahora que era peligroso que se volviera a quedar embarazada, algo que puso bastante contenta a su primera esposa, pero que a Niloufar le resultó un alivio, ya que ahora tenía mucho más tiempo para sí misma. La bigamia no estaba tan bien vista en la capital como en las provincias, lo que hizo que a Niloufar se le apartara de cualquier acto social. Pero eso le daba más tiempo para ver la ciudad (aunque nunca llegó a aprender a hablar mucho inglés, y se comunicaba por su dialecto natal y por gestos), ocuparse de sus tres pequeños e ir a la mezquita más a menudo. Un viernes le dio unas nairas al hombre que pedía en la puerta, Saturday la bendijo y le dio las gracias.
Ebe consiguió un trabajo en una galería de arte y se mudó de la casa familiar a un piso pequeño pero propio. A sus cuarenta años era ya una solterona fuera de toda esperanza de cazar un marido, pero su madre seguía haciendo pequeñas ofrendas a deidades ya casi olvidadas para que hija pudiese encontrar por fin a alguien. Una tarde conoció a una mujer muy interesante en una exposición de arte indígena, esta había sido empleada doméstica de unos blancos en la ciudad, pero al perder su trabajo volvió a su ciudad natal y creó una asociación para proteger a las chicas que habían conseguido escapar de Boko Haram. Ahora viajaba por el país dando charlas de concienciación. Ebe se sorprendió cuando, después de más de quince años sin haber estado con una mujer (y sí con un número nada despreciable de hombres) ella y Eta se hicieron amantes.
Esta historia acaba un atardecer gris, agobiante y opresivo de diciembre, cuando la arena de los desiertos de África cubre la ciudad de Lagos. Niloufar espera en un paso de cebra a que el tráfico infinito de coches pare de una vez porque, para no variar, los semáforos no funcionan. Ha hecho una escapada tardía al mercado y va cargada con varias bolsas, con su hija Nadine de una mano y el pequeño Dayo cargado a la espalda, su mechón blanco, el que la marcó como una protegida al nacer, se escapa del pañuelo y le molesta en los ojos. Ebe conduce camino a una cita con Eta, va distraída, pensando en el trabajo, en el cuerpo voluptuoso de Eta, y en la hermosa estatuilla de dos mujeres entrelazadas que ha conseguido para ella. No ve el coche que se salta el semáforo (que por otro lado no funciona) hasta que lo tiene casi encima y tiene que dar un volantazo. En ese mismo momento, Nadine se escapa de la mano de su madre y cruza milagrosamente sana y salva hasta la otra acera, pero Niloufar, que sale corriendo inmediatamente detrás de su hija, no tiene tanta suerte, no entiende el grito en inglés del anciano desdentado que hasta hace un segundo le hacía cucamonas a su hijo y cuando se gira en mitad de la carretera tiene los faros del Nissan Pathfinder de Ebe casi encima. El choque es terrible, el cuerpo sale despedido y cae desmadejado sobre la calzada. Jake, que aún tiene diecisiete años, y todavía no sabe que en el un día tendrá una bonita e inteligente mujer portorriqueña y tres hijos, baja el cristal de la ventanilla del coche que él y sus amigos han cogido prestado para divertirse y con el que se han saltado el semáforo. Al ver la sangre sobre la acera se le pasan los vapores de la marihuana de golpe. Ebe sale corriendo del coche horrorizada, en su vida ha hecho daño a nadie, y le aterra acercarse a ese cuerpo tirado sobre el asfalto, así que en vez de eso se acerca a la pequeña niña que llora al otro lado de la calle y trata de consolarla. Niloufar ha caído bocabajo, cerca de la acera, y cuando recupera la movilidad de sus miembros lo primero que hace es comprobar que Dayo sigue sano y salvo en su espalda. Todavía recostada en el suelo se gira para ver el cuerpo ahora inerte del anciano que ha corrido tras ella en el último momento y de un empujón le ha salvado de morir atropellada. Se arrastra hasta el cadáver y la brisa marina hace que su mechón blanco se le meta de nuevo en los ojos llenos de lágrimas. Se queda contemplando el cuerpo de ese anciano desdentado y lleno de mil cicatrices que ha tenido una vida dura y una muerte igual de injusta, que se llamaba Saturday y que nació treinta años antes que Niloufar para convertirse en su ángel de la guarda.
Y puede que estos personajes no existieran que sí, o puede que sí, que haya habido decenas de Jakes reclamando atención a sus mayores, cientos de Ebes buscando su lugar en el mundo, miles de Niloufares tratando de pasar desapercibidas sin hacerle daño a nadie, y millones de Saturdays que corren desnudos pero alegres en algún poblado de chabolas del mundo.



Qué bonito Guille, muy buena historia
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